Esta es sin duda, la pregunta que más temo en el mundo;
- Papá, para que he venido al mundo?
Una cuestión de hijo a padre y de padre a abuelo. Tú aún eres pequeña, apenas tienes ocho años, pero estoy seguro que algún día pronunciarás esa pregunta tan temida por mí. Seguramente aún me quedan 5 o 7 años para encontrar la respuesta...
Día tras día intento pensar en una posible respuesta para salir del paso, pero sólo me contesto auténticas tonterías. A voz de pronto, la primera que se me ocurre podría ser:
Sería ideal que pudieras crearte una coraza para ser feliz en tu interior y que fueras inmune a todo lo que sucediera en tu exterior, de hecho, si fuera tan fácil, yo mismo te pondría esta protección, y desde hoy mismo, quedaría contestada la cuestión… y fin del dilema!.
La verdad es que este escrito intenta ser muchas cosas, pero la más importante es que pretende formarte como persona capaz de ser feliz, capaz de amar, modificando si fuera necesario el entorno que te rodea hasta el punto en que la felicidad de los demás sea la causante verdadera de tu felicidad más absoluta, y que la desdicha de la mayoría, sólo te sirva para hacerte fuerte, para luchar más aún y para convencerte de que debes seguir adelante, dejando que los demás se apoyen en ti, dejando que se sientan bien a tu lado, siendo amable y comprensiva, paciente y divertida, constante y equilibrada. Para ello debo ayudarte a ser fuerte como un roble y hacerte inmune al sufrimiento, pero teniendo en todo momento, un extremo cuidado en la protección tu sensibilidad y tomando dicha empresa como parte inprescindible del secreto de tu éxito.
A través de estas líneas trato de explicarte todo lo que voy aprendiendo a lo largo de mi vida, teniendo como único propósito, que llegues a ser una persona totalmente feliz y que a partir de ese punto, tus hijos y los hijos de tus hijos, sean siempre felices y tengan la capacidad de hacer felices también a la gente que les rodee. Mi sueño sería que dicho pensamiento se fuera expandiendo de unos a otros como una epidemia, y que cada ser humano pudiera “contagiar” a diez personas más, cada una de estas a otras diez y quien sabe?… ojalá pudiera terminar así gran parte del sufrimiento de la humanidad!.
Esta es mi pequeña aportación a ti y a la humanidad, después de mucho tiempo reflexionando, he llegado a la conclusión que el primer paso para acabar con nuestras desgracias empieza de forma individual y en cada uno de nosotros. Para ello debemos evitar pasar a nuestros hijos nada de todo aquello que pueda haber sido motivo de dolor en nuestra propia vida. Yo empezaré por traspasar todo aquello positivo y beneficioso que voy aprendiendo a lo largo de mi vida y lo escribo, porque me es imposible comunicarme a este nivel contigo ya que ahora, en la actualidad, tienes apenas 8 años y yo cerca de 40.
Decidí escribirte todo lo que quería explicarte el día en que me percaté de que ya no recordaba ni una sola palabra que saliera de la boca de mi padre, de hecho, no recuerdo casi nada de él y sólo han pasado 9 años.
Puedo llegar a recordar su físico recurriendo a fotografías antiguas y en mi imaginario, con mucho esfuerzo, podría llegar a dibujarse una imagen muy borrosa de su rostro... pero en seguida me invade el dolor y la tristeza... murió hace 9 años que sumados a aquellos 7 años anteriores de hospitales, residencias, especialistas, quirófanos y rincones dónde fumar el último cigarrillo, están demasiado presentes como para poder retener en la memoria, ni un solo instante feliz de mi vida con tu abuelo.
Cada vez que te escribo una sola línea, me pregunto si a mi padre le hubiera gustado alguna vez hablarme como te estoy hablando yo a ti, como un adulto habla a otro adulto, o si por el contrario, siempre se refirió a mi como un adolescente inmaduro que le esclavizaría a estar siempre pendiente, para que no me metiera en líos (tenía motivos para pensar así, nunca se lo puse fácil, tengo que reconocerlo).
Siempre acabo sentenciando que el problema verdadero suele ser que jamás llegamos a conocer a nuestros primogénitos, y que la diferencia de edad entre padres e hijos, casi siempre imposibilita la confianza y la buena comunicación entre éstos, además, esta diferencia provoca tal tensión en la relación que a menudo, acaba por estropearla. Es una verdadera lástima porque no existe amor más puro que el de un padre y un hijo, pero a veces, resulta imposible mantenerlo, uno por desgastado y el otro por inmaduro. Así pues, gracias al apoyo incondicional de mi mujer y principal instigadora a escribir, llevo ya algunos años hablándote como una niña durante el día, y como una adulta durante las noches.
Mi mujer no hace más que felicitarme, cada vez que leo alguna de estas páginas para ella, me dice que daría lo que fuera por tener escritas algunas palabras de su padre. A mí no me dio tiempo a conocerlo, pero le echo mucho de menos, sólo con ver el brillo de sus ojos cuando le menciona, se me hace un nudo en la nuez que me cuesta mucho contener. A menudo el pánico me invade y me pregunto si algún día podré sanar la enorme herida que dejó su ausencia... Aún así lucho día a día para que ese brillo en los ojos, puedas tenerlo tú cuando me recuerdes y que pasen muchos años y sigan brillándote los ojos cada vez que pienses en mí, en nosotros, en nuestro proyecto y en todos los que nos ayudaron a conseguirlo.
Tu padre que te quiere...
EL IGNORANTE IGNORADO.
Día tras día intento pensar en una posible respuesta para salir del paso, pero sólo me contesto auténticas tonterías. A voz de pronto, la primera que se me ocurre podría ser:
- Hija mía, has venido al mundo… para ser feliz, debes intentar ser muy feliz y no hacer el mal a los demás.Pero cuando analizas seriamente la situación, te das cuenta que la respuesta carece de sentido, no creo que se pueda ser feliz por el simple hecho de “querer serlo” y “no hacer daño a los demás”, sin tener en cuenta a los demás. No puedo darte esta respuesta, porque lo que realmente importa es tu entorno.
Sería ideal que pudieras crearte una coraza para ser feliz en tu interior y que fueras inmune a todo lo que sucediera en tu exterior, de hecho, si fuera tan fácil, yo mismo te pondría esta protección, y desde hoy mismo, quedaría contestada la cuestión… y fin del dilema!.
La verdad es que este escrito intenta ser muchas cosas, pero la más importante es que pretende formarte como persona capaz de ser feliz, capaz de amar, modificando si fuera necesario el entorno que te rodea hasta el punto en que la felicidad de los demás sea la causante verdadera de tu felicidad más absoluta, y que la desdicha de la mayoría, sólo te sirva para hacerte fuerte, para luchar más aún y para convencerte de que debes seguir adelante, dejando que los demás se apoyen en ti, dejando que se sientan bien a tu lado, siendo amable y comprensiva, paciente y divertida, constante y equilibrada. Para ello debo ayudarte a ser fuerte como un roble y hacerte inmune al sufrimiento, pero teniendo en todo momento, un extremo cuidado en la protección tu sensibilidad y tomando dicha empresa como parte inprescindible del secreto de tu éxito.
A través de estas líneas trato de explicarte todo lo que voy aprendiendo a lo largo de mi vida, teniendo como único propósito, que llegues a ser una persona totalmente feliz y que a partir de ese punto, tus hijos y los hijos de tus hijos, sean siempre felices y tengan la capacidad de hacer felices también a la gente que les rodee. Mi sueño sería que dicho pensamiento se fuera expandiendo de unos a otros como una epidemia, y que cada ser humano pudiera “contagiar” a diez personas más, cada una de estas a otras diez y quien sabe?… ojalá pudiera terminar así gran parte del sufrimiento de la humanidad!.
Esta es mi pequeña aportación a ti y a la humanidad, después de mucho tiempo reflexionando, he llegado a la conclusión que el primer paso para acabar con nuestras desgracias empieza de forma individual y en cada uno de nosotros. Para ello debemos evitar pasar a nuestros hijos nada de todo aquello que pueda haber sido motivo de dolor en nuestra propia vida. Yo empezaré por traspasar todo aquello positivo y beneficioso que voy aprendiendo a lo largo de mi vida y lo escribo, porque me es imposible comunicarme a este nivel contigo ya que ahora, en la actualidad, tienes apenas 8 años y yo cerca de 40.
Decidí escribirte todo lo que quería explicarte el día en que me percaté de que ya no recordaba ni una sola palabra que saliera de la boca de mi padre, de hecho, no recuerdo casi nada de él y sólo han pasado 9 años.
Puedo llegar a recordar su físico recurriendo a fotografías antiguas y en mi imaginario, con mucho esfuerzo, podría llegar a dibujarse una imagen muy borrosa de su rostro... pero en seguida me invade el dolor y la tristeza... murió hace 9 años que sumados a aquellos 7 años anteriores de hospitales, residencias, especialistas, quirófanos y rincones dónde fumar el último cigarrillo, están demasiado presentes como para poder retener en la memoria, ni un solo instante feliz de mi vida con tu abuelo.
Cada vez que te escribo una sola línea, me pregunto si a mi padre le hubiera gustado alguna vez hablarme como te estoy hablando yo a ti, como un adulto habla a otro adulto, o si por el contrario, siempre se refirió a mi como un adolescente inmaduro que le esclavizaría a estar siempre pendiente, para que no me metiera en líos (tenía motivos para pensar así, nunca se lo puse fácil, tengo que reconocerlo).
Siempre acabo sentenciando que el problema verdadero suele ser que jamás llegamos a conocer a nuestros primogénitos, y que la diferencia de edad entre padres e hijos, casi siempre imposibilita la confianza y la buena comunicación entre éstos, además, esta diferencia provoca tal tensión en la relación que a menudo, acaba por estropearla. Es una verdadera lástima porque no existe amor más puro que el de un padre y un hijo, pero a veces, resulta imposible mantenerlo, uno por desgastado y el otro por inmaduro. Así pues, gracias al apoyo incondicional de mi mujer y principal instigadora a escribir, llevo ya algunos años hablándote como una niña durante el día, y como una adulta durante las noches.
Mi mujer no hace más que felicitarme, cada vez que leo alguna de estas páginas para ella, me dice que daría lo que fuera por tener escritas algunas palabras de su padre. A mí no me dio tiempo a conocerlo, pero le echo mucho de menos, sólo con ver el brillo de sus ojos cuando le menciona, se me hace un nudo en la nuez que me cuesta mucho contener. A menudo el pánico me invade y me pregunto si algún día podré sanar la enorme herida que dejó su ausencia... Aún así lucho día a día para que ese brillo en los ojos, puedas tenerlo tú cuando me recuerdes y que pasen muchos años y sigan brillándote los ojos cada vez que pienses en mí, en nosotros, en nuestro proyecto y en todos los que nos ayudaron a conseguirlo.
Tu padre que te quiere...
EL IGNORANTE IGNORADO.
No hay comentarios:
Publicar un comentario