miércoles, 7 de septiembre de 2011

QUIERO SUMERGIRME EN EL OCÉANO.

Y lo quiero con todas mis fuerzas...

Aún recuerdo cuando era pequeño, lo había hecho cientos de veces, me adentraba en el mar dejando lejos a mis padres, el ruido de los bañistas, la arena pegajosa, el aplastante sol, entonces dejaba de mover los brazos y empezaba a sumergirme lentamente... Todo parece se placentero mientras te hundes hacia lo más hondo del mar.

En un primer momento, cuando el agua te tapa los oídos, pierdes todos esos sonidos innecesarios, los de los humanos, sus palabras y sus gritos, pasando a percibir el sonido interior del mar, una especie de zumbido persistente pero agradable, es entonces cuando los sonidos de la playa quedan en un segundo o tercer plano, totalmente discriminados, me parece estar sólo, no depender de nadie y que nadie depende de mí, y esta sensación es la que no hace más que producirme placer...

Poco después aparece la ingravidez, que es aún mucho más gratificante que su opuesta hermana. Apenas noto el cansancio de cada despertar, los huesos ya no me duelen, ni las rodillas, puedo caminar sin problemas, siento que floto... Ahora no es como en el día a día de la vida real, siento mi vitalidad y nada me da pereza, incluso sería capaz de correr una marathon bajo el mar...

Por último, cuando mis pies tocan el fondo del mar, es cuando "toco de pies en el suelo" pero a unos 3 metros de profundidad, es cuando puedo ver la luz allí arriba, una luz brillante que me deslumbra, pero que no me atrae, sé que allí está todo el mundo, todos los seres y todas las cosas, sé que aquí no me encontrarán ni los bancos, ni las financieras, ni los partidos políticos, ni las aseguradoras, ni hacienda, ni seguridad social, todos me buscarán pero nadie me encontrará, ahí fuera queda todo lo que no quiero de este mundo, el estrés, el abuso, el odio, la codicia, la falta de respeto, el hambre, el sufrimiento, el dolor, todo ello es mundano, teme por su propia supervivencia y no puede sumergirse conmigo...

Aquí abajo soy uno más, hasta los peces parecen entenderme y respetarme, predomina una paz infinita y decido quedarme todo el tiempo que sea posible, disfrutando del único sonido que percibo, el latido de mi corazón, que además, ahora lo hace con mucha más fuerza.


Es este mismo latido el que me recuerda que no pertenezco a ese mundo impersonal, inhumano e insensible, creo que tengo muchas más cosas en común con el fondo del océano, que con el mundo que emerge en la superficie... es entonces cuando por fin decido a dejar de luchar, dejar de salir a flote, dejar de mover los brazos y permanecer en el fondo... ya no pienso en nada mundano, nada banal, ninguna posesión... a medida que me voy quedando sin aire las imágenes desaparecen, el placer me embriaga, los problemas se desvanecen....

Pasan los segundos... pasa un minuto... y ahora estoy bien, perfecto! mejor que nunca... és entonces cuando intento recordar porqué estoy en el fondo del mar, y no lo recuerdo, intento recordar los problemas que tenía... pero es imposible... intento recordar si tenía algún enemigo, pero no lo consigo... sólo una imagen viene a mi cabeza, una imagen de mi hija y mi mujer, que me miran extrañadas, como diciendo: "qué haces?"... exactamente la misma imagen del rostro de mi madre cuando lo hacia de pequeño en la playa. Sé que si me quedo sumergido en el océano encontraré mi paz, pero es mucho más doloroso estar sin ellas y permanecer en el fondo inmóvil, que luchar sin parar hasta llegar a flote y sobrevivir.

Empiezo a mover los brazos de una manera caótica y desesperada para alcanzar la luz brillante mientras que me pregunto en qué debía estar pensando cuando me dejaba arrastrar hacia el fondo... pero llegado a este punto, cerca de poder estar con ellas y poder coger aire con mucha más fuerza que en el pasado, ya no recuerdo ni tan sólo el placer de la soledad que sentía al sumergirme en el océano. 

Jon.

No hay comentarios:

Publicar un comentario